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Organigrama

Fotografía del interior del templo tras el desalojo

Domingo 8º de Tiempo ordinario (Ciclo B) - 29 de Febrero de 1976

Homilía

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. (Concilio Vaticano IIº – La Iglesia en el mundo actual. 1)

Todos conocen, a través de los medios informativos, los frecuentes conflictos que se han producido en nuestro país en estos últimos días, y los encierros de obreros en algunas iglesias tanto en Valencia como en otras provincias españolas.

Hay personas que ante tales hechos, se asustan y se llevan las manos a la cabeza; otras más cobardes, se entretienen escribiendo cartas anónimas recriminando estos hechos a los encargados de las iglesias.

Nosotros, nos creemos en el deber de informar a nuestros feligreses sobre estos hechos y al mismo tiempo darles explicación de porque ocurren.

En primer lugar, los obreros se han reunido en los templos porque antes se les han cerrado las puertas de otros lugares donde por legítimo derecho deberían haberse reunido: la C.N.S. Resulta una discriminación intolerable – Así lo manifiesta la Hermandad Obrera de Acción Católica de España – que precisamente en estos días en que el Gobierno insinúa sus intenciones democratizadoras y mientras los empresarios se reúnen libremente para tomar posturas frente a los obreros, éstos continúan sin disponer de locales donde celebrar libremente sus reuniones y asambleas, estudiar sus peticiones y decidir la mejor forma de defender sus derechos. Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida económica, así como también el derecho de participar libremente en las actividades de las asociaciones sin riesgo de represalias (Concilio Vaticano IIº – La Iglesia en el mundo actual. 68). La clase trabajadora todavía no dispone en España de medios para defender sus intereses. Así se ven desalojados de los lugares de trabajo cuando intentan tener alguna asamblea; las puertas de los sindicatos no se les abren fácilmente, y si alguna vez se les abren, no se encuentran con la suficiente libertad para tratar sus problemas.

Fotografía del interior del templo tras el desalojo

Ante esta situación acuden a las iglesias solicitando cobijo y ayuda. A veces vienen con miedo, con recelo, pues recuerdan a esa iglesia vinculada a los poderosos y defensora de los ricos. Acuden a la iglesia porque es el último reducto que les queda para defender su pan, su dignidad de personas, los derechos de la clase trabajadora.

Es verdad que los templos no están hechos para esta clase de reuniones; ahora bien, al no disponer de otros, la Iglesia ejerce esta función de suplencia con los obreros. Porque la Iglesia si quiere ser fiel al evangelio de Jesús debe abrir sus puertas, ceder sus locales y sus templos a los trabajadores para el ejercicio real de un derecho humano que les corresponde. Así pues nos parece muy normal que las Iglesias, mientras no se arregle esta situación, se ponga al servicio de los trabajadores. La práctica secular de la iglesia ha sido abrir sus locales a hombres necesitados de cobijo o perseguidos. Y el Concordato todavía vigente entre la Iglesia y el Estado Español establece que salvo en casos de urgente necesidad, la fuerza pública no podrá entrar en los citados edificios para el ejercicio de sus funciones, sin el consentimiento de la competente Autoridad eclesiástica. (Cánones 1160 y 1179, y art. XXIII 3 del Concordato).

Nuestra sociedad está dividida en clases irreconciliables entre sí: opresores y oprimidos, heredados y desheredados, ricos y pobres. Está situación es producto del sistema en el que vivimos.

La Iglesia en esta situación no puede permanecer neutral, ni quedarse al margen de estos conflictos, ni verlos en silencio desde la barrera. La Iglesia es la defensora de los pobres, de los que no tiene voz, por tanto debe volcarse en defensa de los más humildes y necesitados, siguiendo el mensaje liberador de Jesús de Nazaret.

Fotografía del interior del templo tras el desalojo

Al permitir que los obreros se reúnan en sus templos, la Iglesia denuncia, de manera simbólica, la carencia de algunos derechos humanos, tales como: el derecho de reunión, el derecho de asociación y el derecho de expresión. Por esta acción, ella urge y pide que se permitan esos derechos ciudadanos.

La Iglesia, al abrir sus puertas, sale en defensa del pueblo sencillo, de los débiles, y expresa la necesidad que siente de compartir sus bienes con los más necesitados.

Además, por lo que se refiere a las asambleas obreras en las iglesias, creemos que los cristianos podemos aprender mucho de estas asambleas para la celebración de nuestras propias asambleas cristianas de los domingos.

Con estos criterios, creemos haber dado a nuestros fieles una respuesta y una explicación ante los encierros y las reuniones obreras en las iglesias.

NADIE ECHA VINO NUEVO EN ODRES VIEJOS; PORQUE REVIENTAN LOS ODRES, Y SE PIERDEN EL VINO Y LOS ODRES; A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS. (Mc 2, 22)

(VIDA NUEVA. Números 1.016 y 1.018)

Primera página de la homilía original
Segunda página de la homilía original

Domingo 6º de Pascua (Ciclo B) - 23 de Mayo de 1976

Monición de entrada

Hermanos: Todos sabemos la determinación tomada por los obreros de la IVª Planta. Hoy domingo, los obreros siguen recluidos en el templo de San Pedro recamando sus reivindicaciones obreras. Nosotros nos hemos reunido aquí para celebrar la Muerte del Señor. Conviene recordar que nuestras Eucaristías deben ser siempre signos de comunión humana. Quien se une a Cristo que muere, debe unirse al hermano que sufre. Si vemos al hermano con problemas y dejamos de celebrar con él, nuestras Eucaristías, más que infructuosas, son detestables a la vez que son un insulto a Jesús en la persona de los obreros.

Fotografía de los obreros saliendo del templo
Fotografía de las duchas en el patio interior

Homilía

Hoy con más razón que nunca, los sacerdotes de Puerto de Sagunto, nos vemos obligados a recordar a nuestros feligreses y a todos los vecinos de Puerto en general, lo que a principios del corriente año les informamos sobre los encierros de obreros en las iglesias.

Todos están ya enterados del problema laboral que afecta a unos 300 primeros obreros de la IVª Planta. Mal comienzo. Estos obreros se hallan actualmente reunidos desde el viernes en la parroquia de San Pedro del Puerto. En primer lugar los obreros se han reunido en el templo porque antes se les han cerrado las puertas de otros lugares, donde por legítimo derecho deberían haberse reunido.

Resulta una discriminación intolerable que cuando el gobierno habla tanto de democracia, y mientras los empresarios se reúnen libremente para tomar posturas frente a los obreros, éstos continúan sin disponer de locales donde celebrar libremente sus reuniones y asambleas, estudiar sus peticiones y decidir la mejor forma de defender sus derechos. La clase trabajadora todavía no dispone en España de medios para defender sus intereses. Así se ven desalojados de los lugares de trabajo cuando intentan tener alguna asamblea; las puertas de los sindicatos no se les abren fácilmente, y si alguna vez se les abren no se encuentran con la suficiente libertad para tratar sus problemas.

Ante esta situación acuden a las iglesias solicitando cobijo y ayuda, acuden porque es el último reducto que les queda para defender su pan, su dignidad de personas, los derechos de la clase trabajadora. Es verdad que los templos no están hechos para esta clase de reuniones; ahora bien, al no disponer de otros, la Iglesia ejerce esta función de suplencia con los obreros. Así pues nos parece muy normal que las Iglesias, mientras no se arregle esta situación, se ponga al servicio de los trabajadores.

Fotografía del interior del templo tras el desalojo

En confirmación de todo lo que estamos diciendo, entresacamos los párrafos referentes a esta situación, del documento que hace poco publicó el Consejo del Presbiterio de Valencia. Dice así:

La Iglesia del Concilio Vaticano IIº se ha declarado íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia, haciendo suyas las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. Consecuente con ello, la Iglesia diocesana no puede menos de adoptar una actitud de comprensión y acogida, cuando grupos de trabajadores, que necesitan vitalmente lugar para reunirse y hablar de sus problemas, acuden a sus locales por no encontrar accesibles otros locales... Es evidente que esta acogida tiene un carácter de provisionalidad, de la que los mismos obreros suelen ser plenamente conscientes. Es de desear que por cauces legítimos y sindicales, suficientemente amplios tengan plenamente posibilidad en el futuro de celebrar estas reuniones y de mover la opinión pública sin ser usados los templos para estas funciones. Entre tanto hay que recordar, que de acuerdo con los cánones referentes a la inviolabilidad y derecho de asilo de las iglesias, el Concordato todavía vigente entre la Iglesia y el Estado Español establece que salvo en casos de urgente necesidad, la fuerza pública no podrá entrar en los citados edificios para el ejercicio de sus funciones, sin el consentimiento de la competente Autoridad eclesiástica.

Cuando un grupo numeroso de trabajadores se presenten en una Iglesia o parroquia para tratar en asamblea sus problemas laborales, si se juzga pacífica y honesta su finalidad y se sabe que no han podido celebrar la reunión en los lugares adecuados para ello, el sacerdote encargado permitirá la reunión o asamblea en sus locales, incluso en el templo, recomendando que todo se haga con el mayor decoro y orden y sin estorbar los actos de culto. Ante la posible intervención de la fuerza pública, se debe manifestar la oposición a dicha intervención, basándose en los argumentos anteriormente expuestos, y remitiendo en todo caso cualquier decisión a la Autoridad diocesana. En caso de que se exhiba orden de desalojo por urgente necesidad, el sacerdote deberá ofrecerse como intermediario para conseguir el abandono pacífico de los congregados, informando inmediatamente de los hechos a la Jerarquía de la Iglesia.

Bastantes años y siglos ha aparecido la Iglesia al lado de los poderosos. Ya va siendo hora de que se dé cuenta de su equivocada situación y empiece a tomar posturas nuevas pidiendo perdón. La Iglesia debe ser la defensora de los pobres y oprimidos que no tienen voz, siguiendo el mensaje liberador de Jesús de Nazaret.

Quien sabe, si estos obreros de la IVª Planta reunidos actualmente en la Iglesia para defender sus derechos, estarán más cerca de Dios y de Cristo que nosotros cuando nos reunimos los domingos. Quizás tengamos que aprender mucho de ellos.

No queremos terminar sin antes hacer constar nuestra admiración por el orden, el respeto, la gran unión y solidaridad que están demostrando nuestros obreros encerrados en la parroquia de San Pedro. Allí todo es de todos, nadie dice esto es mio, sino todo es nuestro. Existe una verdadera comunidad de hermanos. También queremos hacer constar la gran ayuda de los familiares de los obreros y del todo el pueblo que está respondiendo maravillosamente ante este problema.

¿Cuándo llegará el día en que entre todos podamos construir una nueva sociedad donde no haya opresores y oprimidos, privilegiados y desheredados, ricos y pobres, sino todos hermanos y todos iguales?...

Primera página de la homilía original
Segunda página de la homilía original

Peticiones

Por los problemas de los obreros de la IVª Planta, para que vean cumplidas cuanto antes sus justas aspiraciones.

Por todos los que luchan por la justicia y la fraternidad en el mundo, para que no se desanimen en su lucha a pesar de las dificultades que encuentran.

Página de la homilía original

Ascensión del Señor (Ciclo B) - 27 de Mayo de 1976

Homilía

Cristo con su Muerte y Resurrección ha terminado su misión en la tierra. Ahora en su Ascensión a los cielos va ser proclamado Señor del Universo. Pero antes de subir a los cielos les encarga una misión a sus discípulos. Les dice: Id por el mundo entero y proclamad el Evangelio a todos los hombres. Estas palabras de Jesucristo señalan el camino o la misión de la Iglesia en el mundo, y por tanto la misión que tenemos que realizar nosotros los cristianos ahora. La Iglesia no existe en el mundo para vivir encerrada en sí misma, sino para ser servidora del hombre. Esto nos plantea una pregunta. La Iglesia visible de España, Iglesia visible del Puerto ¿dónde estás?... La respuesta que quisiéramos darnos a nosotros mismos y dar a quien nos la pidiera, sería esta: Donde el pueblo, con el pueblo, en medio y en la entraña del pueblo. Pero, ¿es verdad esto?...

Hoy al hablar de pueblo, quiero referirme a los 300 obreros de la IVª Planta que han permanecido encerrados en la Parroquia de San Pedro durante cuatro días, hasta que ayer (anteayer) fueron desalojados por la fuerza pública. Atropellando las leyes del Concordato todavía vigente entre la Iglesia y el Estado Español. Y junto con estos 300 obreros incluyo a sus familias y a todos los que de alguna manera se han solidarizado con ellos.

Y ahora sigo preguntándome: ¿Está con éstos, en medio de éstos, la Iglesia del Puerto?...

Fotografía del interior del templo tras el desalojo

Este pueblo al que me refiero es un pueblo que al igual que Cristo, muere cada día. Muere ante la angustia y la preocupación de encontrar un trabajo seguro y remunerado; muere ante la amenaza terrible del paro o del despido; muere en la falta de libertades para expresarse y reunirse para defender sus derechos humanos atropellados; muere en el trato que se le da, pues no se le considera como persona sino como mero instrumento de producción y de ganancia; muere en las trampas que le presenta la Empresa para engañarle y pagarle menos; muere atemorizado por las armas de la fuerza pública siempre al servicio del capitalismo; muere cuando tiene que callar, estando cargado de razón; muere al no poder decidir nada importante sobre su vida, porque otros señores se lo imponen todo desde arriba; muere víctima de la sociedad de consumo que la televisión y la propaganda le mete por los cinco sentidos para que compre y compre a cambio de trabajar muchas horas y pagar muchas letras... Este pueblo muere de muchas maneras cada día. Iglesia de Puerto ¿dónde estás?...

Pero no queremos ser pesimistas. Reconocemos que este pueblo nuestro no está muerto del todo. En sus entrañas hay semillas de resurrección, aspiraciones de vida... Esto se manifiesta porque lucha por sus reivindicaciones económicas; grita en muchas esquinas y calles su descontento; busca ansiosamente espacios de libertad; clama en silencio; muchas veces por la vida, por otros valores, por otra sociedad. Este pueblo nuestro, con sus gestos, con sus gritos medio desesperados, con sus torpezas incluso, manifiesta su afán de un cambio real. Ya no se queda satisfecho de palabras y más palabras... Todo esto es signo de que no ha muerto del todo. La señales de muerte dejan entrever al mismo tiempo presagios de resurrección... Iglesia de Puerto ¿dónde estás?... Si somos seguidores de Jesús de Nazaret, Muerto y Resucitado, este pueblo que muere y resucita debe ser el lugar desde le que podamos ser testigos fieles. Solamente cuando la Iglesia se pone al lado de este pueblo, se hace testigo de Jesús de Nazaret.

Es preciso morir con el pueblo, si queremos resucitar con él. Es preciso hacerlo así si queremos ser testigos de un hombre muerto y resucitado. Las lecturas de hoy nos hablan de una fuerza que hay en la Iglesia y en nosotros para llevar a cabo todo esto: es su Espíritu, su fuerza. Esta es la que nos debe quitar el miedo, la que debe vencer en nosotros el peligro de quedarnos encerrados al margen.

Página de la homilía original

Domingo 7º de Pascua (Ciclo B) - 30 de Mayo de 1976

Homilía

El Evangelio que acabamos de escuchar termina con unas palabras muy interesantes para todos nosotros. Son unas palabras de Cristo dirigidas al Padre antes de despedirse de sus discípulos: Como Tú me enviaste al mundo, así los envío yo también. Estas palabras quieren decir que nosotros, los creyentes y seguidores de Jesucristo... los de la misa del domingo... somos eso: enviados al mundo... Para ello hemos de tener sumo cuidado de no encerrarnos en nosotros mismos.

Existe una palabra que se ha puesto ahora muy de moda: el búnker. Búnker equivale a inmovilismo, o sea, algo que no se mueve ni hay quien lo mueva. El cristiano inmóvil e indiferente ante las graves situaciones de los hombres, pertenece al búnker. Hoy por desgracia hay mucha gente del búnker. Nosotros los cristianos no tenemos vocación bunkeriana. Quiere decir que no hemos de vivir encerrados en nosotros mismos, pensando en nuestros problemas internos y de la Iglesia solamente: que si la falta de vocaciones..., que si las escuelas católicas..., que si los sacerdotes..., que si hay periódicos que atacan a la Iglesia y al Papa..., etc... Muchas veces, con esto queremos justificar nuestro alejamiento y desinterés por los problemas de los hombres. No perdamos de vista que somos enviados al mundo... a luchar contra el mal que se nos presenta bajo diversas formas. El cristiano que de veras se siente enviado, ese sigue el camino de Jesucristo. Claro que este camino supone un riesgo, pero el verdadero cristiano no huye del riesgo de ser enviado en medio del mundo. Es verdad que el mundo tiene sus reglas de juego: el poder, el dinero, la violencia, el honor, la opresión... Todo esto es un peligro constante para los mismos cristianos, pues muchas veces caemos en la tentación de jugar con estas mismas armas empleando los mismos métodos del poder, del dinero, etc... Pero la tentación principal no es esa, sino la de inhibirse y huir del mundo. La misión recibida de Cristo, obliga a la iglesia a afrontar constantemente la lucha contra el mal. Un mal que Jesucristo ha vencido, pero que todavía es un riesgo para todos nosotros. Por eso ruega hoy Jesucristo diciendo: Padre, no ruego que los saques del mundo, sino que los preserves del mal.

Fotografía de los obreros saliendo del templo

Hermanos, somos enviados en medio del mundo a luchar contra el mal, pero nuestra lucha contra el mal ha de ir acompañada de signos. ¿Cuáles han de ser estos signos hoy?... Los signos y los gestos realizados a favor de los sufren, de los oprimidos y explotados. Muchos son los signos de solidaridad mostrados estos días a favor de los 300 obreros de la IVª Planta en su conflicto con la empresa. Yo quiero pedirles hoy otro signo en favor de ellos: la colecta. En la carta dirigida a la Consejo Diocesano del Presbiterio de Valencia, firmada por más de cien sacerdotes, hay un punto que hace referencia a esto: Declaramos igualmente que el ejercicio de la limosna y de las tradicionales obras de misericordia puede revestir, en las difíciles coyunturas económicas que atravesamos, la forma de colectas en favor de los parados, despedidos, encarcelados o en huelga. Con este modo de actuar no pretendemos emitir juicio alguno sobre las medidas legales implicadas, sino ejercer, adaptar a las circunstancias y mentalidad de hoy, el deber humano y cristiano de ayudar a los necesitados... Las colectas de hoy las entregaremos a los obreros de la IVª Planta para que ellos las distribuyan y atiendan a las familias más necesitadas entre sus compañeros.

Página de la homilía original

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